← Volver al inicio

Correspondencia

Cartas

Praga, julio de 2026

Querido amigo:

Vine a Praga con una idea casi perfecta: sentarme en un café viejo, pedir algo caliente y releer La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

Digo releer porque es un libro que adoro. Hay libros que una no termina nunca. Solo los deja descansar un tiempo, hasta que un día vuelven a llamarnos desde algún lugar de la memoria.

Así que entré al café.

Afuera llovía con esa delicadeza de las ciudades antiguas. Las ventanas estaban empañadas. Había una lámpara dorada sobre mi mesa y, del otro lado del vidrio, las luces de Praga parecían flotar sobre las piedras mojadas.

Saqué el libro.

Saqué mi cuaderno.

Saqué la pluma.

Y, ¿qué creen?

No pude leer.

Se me atravesó él otra vez.

Otra vez ese hombre sin permiso.

Otra vez su forma de mirar como si estuviera a punto de decir la verdad y se arrepintiera en el último segundo.

Otra vez esa tarde que no fue lo que debía ser.

Otra vez la frase que nunca dije porque una también se acobarda, aunque cante blues y finja que ya aprendió.

Cerré el libro sin haber pasado de la primera página.

Me quedé mirando la taza. El café ya estaba tibio. Alguien reía en una mesa cercana. Una pareja discutía en voz baja junto a la puerta. Afuera, un tranvía pasó despacio, como si también tuviera miedo de despertar a los fantasmas.

Entonces escribí en una servilleta:

No era tristeza.

Era la memoria

buscando dónde sentarse.

La guardé en mi bolso, junto al boleto del tranvía y una fotografía borrosa donde apenas se ven las luces del puente.

No sé si algún día esa servilleta será una canción.

Tal vez solo sea eso: una servilleta escrita en una ciudad vieja, una noche en que Kundera me esperó abierto sobre la mesa y yo, en lugar de leerlo, volví a perderme en alguien que ya no estaba.

Pero a veces pasa eso.

Una viaja lejos para cambiar de paisaje y descubre que el corazón trae su propia geografía.

Te escribo esto porque me gusta pensar que hay alguien del otro lado. Alguien que entiende que una canción no siempre se canta para olvidar. A veces se canta para dejar encendida una pequeña luz donde antes hubo una sombra.

Si algún día entras al Club, quizá te encuentre ahí con más cartas como esta: fotos, poemas pequeños, canciones, recuerdos de viaje y cosas escritas antes de dormir.

No prometo grandes verdades.

Solo momentos.

Y a veces, un momento verdadero vale más que una historia completa.

Con cariño,

Betty

— Betty Sloane

Si quieres recibir más cartas como esta, únete al Club de Betty.

Entrar al Club de Amigos de Betty